“DESPRECIADA”

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Sentada en el laboratorio de análisis de sangre no puedo apartar de mi este sentimiento de incomodidad. Me siento profundamente infeliz. La mujer a cargo del laboratorio es, al parecer, extremadamente racista. Si ella pudiera hacerlo, no tengo ninguna duda de que tomaría un arma y acabaría con mi vida sin siquiera pestañear. Cada vez que me veo obligada a requerir sus servicios se asegura de hacerme saber cuanto me desprecia y cuanto disgusto le causa mi presencia, a veces con palabras o haciéndome esperar aunque no haya un solo paciente mas. Por supuesto, se asegura siempre de despedirse diciendo “ten un buen dia querida.” Puedes creerlo?

Trato de distraer mi mente imaginando el sentir de mi bendito Cristo cuando soporto, con paciencia, los insultos y el desprecio de la gente. Su dolor debe haber sido un millón de veces mayor, pero El lo tolero por amor a sus enemigos: tu y yo.

Como era de esperarse, la mujer deja muy claro su odio por mi, calculando cada uno de sus movimientos y palabras para hacerlo…al terminar de tomar la muestra de sangre me despide con una sonrisa diabólica en su rostro y me desea “un buen dia.” Casi no alcanzo a llegar a mi carro y ya las lagrimas inundan mis ojos. Puedo sentir su desprecio y su odio de forma tan palpable que casi puedo tocarlos y duele, duele mucho…

Lloro desconsoladamente en la soledad de mi auto afuera del laboratorio y trato de secar mis lagrimas rapidamente. Lo ultimo que quisiera es darle el gusto de verme llorando, pero las lagrimas no dejan de brotar como un rio, todo el camino a casa.

Entro apresuradamente buscando al único capaz de consolarme: Cristo. Hincada en la sala de mi casa le digo como me siento y lo mucho que me ha dolido ser humillada. Le pido me consuele con su amor y El me recuerda que, aunque para algunos valgo menos que nada, para El valgo mucho, tanto como su propia vida. Así de grande es su amor por mi. Tan valiosa soy a sus ojos. Un pensamiento me asalta de repente: “Que hay de toda esa gente que es despreciada a diario por el color de su piel?” Nadie, absolutamente nadie debería ser tratado de esta manera!

El Señor susurra algo a mi conciencia: “Cuantas veces has menospreciado a otros tu tambien?” parece decirme. Algo en mi corazón me dice que El conoce la respuesta, pero quiere que la conozca yo tambien…

No soy una persona racista, pero hincada todavía ante Su presencia me arrepiento de aquellas veces en que no he tratado a otros con dignidad, amor o amabilidad y le pido que me perdone y limpie mi vida de pecado. Entonces hacemos un trato, con su ayuda nunca, jamas volver a menospreciar a ninguna persona.

Cuando el Señor planeo mi visita al laboratorio tenia dos objetivos muy claros en mente: enseñarme cuan valiosa soy ante sus ojos y ayudarme a valorar igual a los demas.

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